Violencia, ¿para qué?

Editorial

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En estos días, en los que, de la mano de las coplas de Carnaval, los teatros, calles y plazas se convierten en altavoces brillantes, imaginativos, pacíficos y libres de los desconsuelos y esperanzas de los distintos pueblos de la Sierra de Cádiz, de sus ciudadanos; genera un especial desasosiego, rabia, episodios de injustificado extremismo que creíamos ya superados.

Episodios de tiempos, ya felizmente lejanos, en los que la represión y la persecución sistemática de las ideas invitaban a elevar -siempre desde el máximo respeto a la vida- el tono de las protestas y manifestaciones.

Como se suele decir, no quedaba otra para mostrar el desacuerdo con quienes tenían en la violencia y la tortura sus grandes argumentos para pisar los derechos y las libertades de la gran mayoría.

Felizmente todo aquello se superó y la palabra, desde plataformas múltiples, se abrió paso y con ella el debate y la escenificación libre de las ideas.

Sucesos como el de San José del Valle deben interpretarse como un fracaso colectivo

Ideas de izquierda, centro, derecha, centro-izquierda, centro-izquierda…, algo por lo que no pocos pagaron un dramático e injusto peaje que aún hoy, bien entrado el siglo XXI, es motivo de reivindicación.

Es por ello que cuando asistimos a sucesos como el ocurrido hace unos días en San José del Valle, en el que, según todos los indicios, tuvo lugar el incendio intencionado del vehículo del portavoz municipal de Izquierda Unida por ‘motivos políticos’ (la investigación policial lo deberá confirmar), no podemos evitar tener una triste sensación de frustración colectiva.

Y es que esa violencia, que, como dijo Karamchand Gandhi, puede ser “producto del miedo a los ideales de los demás“, es la consecuencia final de quienes, pese a lo llovido, aún no han entendido que son múltiples las herramientas que nos otorga un estado democrático para mostrar nuestras diferencias políticas. La única no legítima, la violencia.

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