La Cueva de las Orcas, el origen de una tradición

En sus paredes aún perduran las pinturas rupestres donde los hombres del neolítico aguardaban y calculaban el equinocio de primavera para iniciar la captura de los atunes

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A. Benítez/ Hace apenas unos años era un plato más de la gastronomía gaditana, que pasaba prácticamente desapercibido para una inmensa mayoría de comensales Su preparación se limitaba a unas cuantas recetes caseras. Hoy en día, en cambio, es uno de los productos, o más exactamente de los manjares, más reconocidos del litoral gaditano, trascendiendo más allá de nuestras fronteras. A su alrededor gira toda una cultura gastronómica, con platos insospechados hace menos de una década, con eventos que atraen a miles de personas cada año, con ferias y fiestas organizadas específicamente en torno a estos gigantes de plata, con chefs de reconocido prestigio dedicados en cuerpo y alma a su preparación…

Una historia, la de este ‘boom’ gastronómico, que podría resumirse, no obstante, en lo que ha sucedido y en lo que ha evolucionado durante los últimos años. Una evolución espectacular, pero corta en el tiempo.

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Sin embargo, para conocer su verdadero origen habría que remontarse miles de años atrás y situarnos en un punto concreto del litoral gaditano, en Zahara de los Atunes. Allí encontraremos la Cueva de las Orcas, el origen de una tradición milenaria que aún perdura.

Ahora, quizás, con más fuerza que nunca aunque, también, con mucho menos esfuerzo que entonces.

Adentrarse en este mítico lugar, la Cueva de las Orcas, es retroceder miles de años en el tiempo. No en vano, en sus paredes aún perduran las pinturas rupestres, formadas por símbolos y puntos, que los pescadores del neolítico realizaban para dejar constancia del paso de las estaciones hasta alcanzar el equinoccio de primavera, su gran objetivo.

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Ese instante era crucial, convirtiéndose entonces tanto las orcas como los pescadores en los grandes protagonistas.

En aquellas fechas comenzaban a llegar los atunes, formándose enormes bancos de túnidos en la zona.

Las orcas, el gran temor de los gigantes de plata y a la vez el gran aliado del hombre, obligaban a los atunes, aprovechándose de su agotamiento por la larga travesía, a dirigirse hacia aguas menos profundas para intentar huir de una muerte segura. Pero el lugar no era más que una trampa, de la que el hombre supo sacar provecho para su caza (o su pesca, según se entienda) y en la que las orcas también obtenían su rédito.

Cuando comenzaba la acción de estas orcas, los pescadores pintaban un tridente en la cueva, un tridente que constituía el símbolo de los dioses del mar.

Y es que la denominada Cueva de las Orcas era algo más que un reloj de sol. A través de la hendidura realizada artificialmente en la parte superior entraba la luz del sol, que se reflejaba en diferentes posiciones dependiendo de la época del año. En realidad, no obstante, este reloj solar cobraba protagonismo únicamente entre el 21 de diciembre y el 21 de junio, que es cuando culminaba su ciclo.

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En esa fecha, la del 21 de junio, un signo de Aries quedaba marcado sobre la pared interior de la roca. Era el momento en el que los atunes, tras un largo periplo a lo largo del Atlántico, iniciaban su paso por la zona, concretamente por el Cabo de plata, antes de llegar al Mediterráneo, donde su misión era desovar. Las orcas comenzaban entonces a jugar su papel en una historia milenaria, que hoy en día está en auge.

Sin lugar a dudas, las mil formas de conservar el atún han sido claves para que los gigantes de plata constituyan, desde tiempos inmemoriales, una fuente de alimentación no sólo durante el periodo de captura, sino también a lo largo de los doce meses del año.

La historia, con distinta forma pero con el mismo fondo, se repitió en el poblado de Sancti Petri, en Bolonia, en Conil y en otros puntos del litoral gaditano, pero pocos lugares. o quizás ninguno más que la Cueva de las Orcas, se conservan como hace miles de años.

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