Digo yo que ya va tocando

Editorial

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Juan Manuel Reina
Juan Manuel Reina

Acaba el verano y, de forma más o menos traumática o celebrada (hay gente para todo), nos toca volver a la realidad. A una realidad que, de entrada, nos recuerda que aún seguimos atrapados en ese bucle político-electoral que, más allá de mantenernos paralizados y frustrados frente a los grandes temas de Estado (hablo sobre todo de los sociales, de aquellos que parecen interesar menos a los gurus de la economía), nos confirma la incapacidad de unos y otros para captar y plasmar sobre el papel el mandato recibido por partida doble en las urnas.

De un lado, unos juegan a escenificar una redención que regatean a las primeras de cambio; otros a trazar idílicas mayorías-alternativas que frustran las líneas rojas o las ambiciones, legítimas claro está, de posibles aliados y, por último, están los que, convencidos de que lo importante es que no pare la música, se muestran dispuestos a ‘bailar’ ya sea con ‘tacón’ o ‘zapatilla’.

Un proceso agotador y desmoralizante que, sin lugar a dudas, dejará ‘víctimas’ en el camino, siempre las hay, y que, pese a lo vociferado por unos y por otros en mil y un ‘púlpitos’, nos deja claro, muy claro, que a esta democracia que creíamos madura aún le falta eso, madurar.

Madurar para que, en escenarios como el actual, sin mayorías absolutas, la democracia se pueda desarrollar en toda su plenitud. Y que, más allá de discursos patrióticos, de líneas rojas, de salvapatrias, de tremendismos o de guiños que solo responden a un escenario interesado concreto, los partidos, con sus líderes a la cabeza, sean capaces de resolver con acierto un puzzle político que no se antoja ni el primero ni el último.

Y es que, más allá de la suerte de los partidos, de sus líderes, lo que de verdad importa es que está en juego la suerte de millones de personas, en especial de todas aquellas que vienen sufriendo un largo calvario de degradación laboral, social, etc.

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